VINOS

El vino sudamericano al rescate de la identidad

De los inicios de la viticultura regional hasta el cambio de paladar del nuevo consumidor

Por Sommelier Líber Pisciottano.

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TACAMA (Ica, Perú) | En la década de 1540 Francisco de Carabantes creó el viñedo más antiguo de Sudamérica

"Tras años de intentar amoldarse a lo que pedía el mercado internacional e intentar parecerse a lo

que se producía en el mundo, hoy Sudamérica indaga en sus raíces y busca un estilo propio"

Si bien, la presencia de vinos de este continente en el mercado internacional, en términos históricos es bastante reciente, desde la llegada de los primeros colonos se elaboran los caldos de Baco por estas tierras.

Haciendo  historia 

Los registros más antiguos de cultivo de la vid en Sudamérica datan de 1545 en Cuzco Perú. Desde allí se trasladó a los diferentes países de la región. Comenzando en los primeros tiempos de la colonia, hasta la llegada de las corrientes migratorias durante el período de guerras mundiales, la producción de vino se fue convirtiendo en parte de la cultural local. El desarrollo de una industria vitivinícola no fue fácil, tuvo sus altos y bajos, pasó por las prohibiciones de elaborar o vender a otros países en tiempos de colonialismo, sufrió la filoxera a finales del siglo XIX y algunas otras peripecias. Entrando el siglo XX la producción (orientada principalmente a los vinos de mesa), alimentaba sin problemas el mercado interno, no es hasta finales del siglo (En los '70 en Chile, en los '90 en Argentina y Uruguay) cuando comienza la reconversión en busca de mayor calidad, con el objetivo de abrir las puertas del mercado

internacional. Este cambio de paradigma, trajo consigo, modificaciones en las prácticas tanto en bodega, como en el viñedo, sustitución de viñas, (por ejemplo, en Uruguay se cambiaron híbridos por variedades

nobles) incorporación de nuevas tecnologías y el arribo de asesores desde el extranjero para orientar a los productores locales, procurando conquistar los paladares del público internacional y los críticos más afamados.

Para poder abrir los mercados del mundo, se trabajó con las variedades que se destacaban más en cada país para encontrar un perfil que no desentonara con lo que lo que buscaba el consumidor, fue entonces, cuando se comenzó a añejar el vino durante largos periodos en roble nuevo o a utilizar técnicas enológicas que dieran como resultado la percepción de notas de madera en el vino. Los cortes en general tenían un perfil bordelés, donde se utilizaba la cepa insignia del país junto con el tridente de Burdeos: Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon y Merlot. Predominaba una mezcla de estilos entré lo europeo en cuanto a variedades y lo que se hacía en Estados Unidos, vinos de gran concentración, fuertemente influenciados por el uso de barrica y alcoholes realmente altos. 

 Nuevo  tiempo,  estilo  propio

Empezaba el siglo XXI, el vino sudamericano había renacido, estaba dando sus primeros pasos y tenía que ganarse la confianza, debía hacer los vinos que tenían aceptación del público y recomendaban los críticos desde sus medios. Promediando la segunda década de este siglo, el paladar de los consumidores comenzó a cambiar, al mismo tiempo nuevas generaciones de productores y enólogos tomaron las riendas de la industria. Estos cambios y un sector que comenzaba a madurar, por tanto, a buscar su identidad, impulsaron la búsqueda de un estilo propio. Algunos productores empezaron a utilizar vinificaciones no tradicionales y algunas que se remontan al origen de la viticultura como el uso de la tinaja, otros decidieron emprender investigaciones sobre los orígenes y tradiciones de la viticultura en estas tierras. Es así, que algunos productores comenzaron el rescate de variedades como lo son la cepa país, criolla o torontel de Chile y Argentina, que se plantaban previo a la expansión de las variedades francesas, si bien no son autóctonas fueron de las primeras que se plantaron, los viejos viñateros las cultivaban, estaban tan adaptadas a esas tierras que crecían salvajes entre los montes.

Otro fenómeno que se da en esos países es el rescate del patrimonio genético y el de las viejas viñas, a través de movimientos organizados como puede ser el proyecto Vigno (Vignadores del carignan) en Chile, que desde 2010 trabaja para el rescate de la variedad incentivando a los productores (asesorando, mejorando los precios que se paga la uva y realizando vinos a partir de la misma) del secano interior del Maule a seguir cultivando esas vides que probablemente son de las más antiguas de ese país. En Argentina, hay algunos enólogos rescatando viejos viñedos de productores pequeños y mejorando las condiciones para los cultivadores, con la intención de mantener viva, la riqueza genética e histórica de algunas zonas. Matías Riccitelli (enólogo argentino), me contó hace un par de años que su semillón provenía de un viñedo muy antiguo, el cual conoció cuando era niño, acompañando a su padre (también enólogo) a comprar uvas.

El rescate de viñedos que han sido abandonados no es nada fácil, en Argentina se puede lograr dado que el clima no acelera tanto el deterioro de viñedos abandonados, en nuestro país, es sumamente difícil debido a que las condiciones climáticas son más hostiles para la vid.

Al rescate de la  identidad 

En los últimos años, Uruguay ha comenzado a recorrer el camino del rescate y construcción de la identidad, aunque se esté transitando más lento que los países de la región, podemos encontrar, por ejemplo, vinos finos elaborados con la uva Moscatel, que es una de las variedades más extendidas en el país, con la que hacían vino las generaciones que nos antecedieron y había quedado relegada a la elaboración de vinos de mesa. Hay también un rescate del cemento para los tanques de fermentación (material que algún asesor sugirió erradicar en tiempos de reconversión), generalmente en ese tipo de tanques se vinificaba previo a los años '90. También se están realizando investigaciones con levaduras nativas, entre otros intentos por encontrar un perfil diferencial.

Veremos en el futuro en que desemboca esta búsqueda, no es fácil construir una identidad de un día para el otro al tiempo que se protege la calidad. El consumidor es el que sostiene a la industria y en gran medida, el que abala o no los caminos que se escogen.

Hasta la próxima copa.

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